Creative Mood
Max Brand
June 12 – July 20, 2021
La Galería Marta Cervera se complace en presentar ‘Creative Mood’, la tercera exposición individual de Max Brand en Madrid. La exposición permanecerá abierta al público del 12 de junio al 20 de julio de 2021.
Max Brand (Leipzig, 1982) vive y trabaja entre Berlín y Nápoles. Realizó sus estudios en Städelschule Frankfurt/Main con Michael Krebber, recibiendo el Graduates Award en 2011. Exposiciones individuales de su trabajo han tenido lugar en la Galería Marta Cervera, Madrid; Galerie der Stadt Schwaz/Palais Enzenberg, Schwaz; Jacky Strenz, Frankfurt; Mavra, Berlin; Galerie Bernhard, Zurich; Off Vendome, NYC. Su obra además ha sido expuesta en Georg Kargl Fine Arts, Vienna; Concert at Museum Folkwang, Essen, Carlier Gebauer, Berlín; Goethe Institut, New York; GoMA Gallery of Modern Art, Glasgow, MoMA PS1, New York, entre muchos otros.
Sobre la inmortalidad, por Ross Simonini
En el Taoísmo, el humano más sabio puede volverse inmortal. A través de la alquimia y trabajo espiritual, un sabio dedicado puede descubrir la piedra filosofal, trascendiendo su forma física y bailando para siempre entre los cuerpos celestiales.
En la tierra, sólo podemos intentar alcanzar la longevidad, aproximándonos a la inmortalidad añadiendo años. En las montañas de la isla de Cerdeña, hay una región llena de centenarios, gente que, hasta su muerte, vive vidas llenas y sanas. Comen bien y mantienen comunidades vibrantes toda su vida. Los envejecidos son celebrados. Este sitio es una de las llamadas “zonas azules” en las que la gente obtiene la mejor calidad y cantidad de vida del tiempo que tienen. Estos sitios son, mayormente, islas, cómodamente aisladas de las estimulaciones del mundo contemporáneo.
A diferencia de la inmortalidad, la longevidad está ligada conceptualmente a un tiempo horizontal: una vida es un largo viaje en tren, en el que vamos lo más lejos posible. Pero la inmortalidad verdadera cambiaría nuestra idea del tiempo. La inmortalidad es infinita. El tiempo pierda su significado. La historia se vuelve un momento sin puntuación, suspendida en el tiempo.
Consideremos el tiempo como un fenómeno vertical, con cada momento disparándose hacia dentro infinitamente. Como la materia, el tiempo nunca se pierde de vista al magnificarse, sólo es percibido en incrementos más y más pequeños. Este tipo de tiempo es relacional. Podemos estirar la vida humana de 100 a 1.000 años, al igual que lo intentan los que se identifican como “Inmortalistas,” pero también podemos extender nuestra percepción del tiempo—cómo lo sentimos.
Puede que esta noción del tiempo sea oriental, pero todos experimentamos ese flujo y reflujo. El tiempo es relativo y todos los días lo percibimos de manera distinta. Al ver crecer a sus hijos, los padres dicen, “¡estás creciendo demasiado rápido! ¿Cómo puedo ralentizar el proceso?” Esta es otra forma de decir, “¿Cómo puedo cambiar mi sensación del tiempo?” La gente también dice: “El tiempo vuela cuando te diviertes,” porque entienden que el placer se come el tiempo. Cuando la vida pasa de forma placentera, nadie cuenta los segundos.
La incomodidad, por otra parte, desacelera la sensación del tiempo, extiendo cada segundo hacia la eternidad. Un mal día “parece que no termina.” De esta forma, mucha o demasiada poca estimulación (el dolor) puede hacer que el tiempo pase más lentamente. Pero en vez de estar incómodo, un efecto similar puede alcanzarse al cambiar la calidad de la estimulación.
Yo siempre he sentido que el tiempo se expande con la novedad. Novel Stimulation ha sido el portal más efectivo a la sensación de inmortalidad. El tiempo crece cuando hacemos algo nuevo. La primera iteración de una actividad es vívida, cada milisegundo ilumina nuestra mente, pero repite la misma actividad y esta sensación palidece un poco más cada vez. A la repetición número 1.000 de la misma acción en el mismo sitio, no podemos mantener la misma experiencia. Cuando el tiempo contiene toda la información, ¿quién puede distinguir un momento del siguiente?
Estoy pensando en una excursión de fin de semana que hice al río hace una década. Me acuerdo perfectamente del sitio, la gente, las emociones y los momentos individuales. Para mí, las memorias de ese viaje están atados a esa ubicación, lo que hace que sean fácilmente accesibles. La estimulación de un nuevo ambiente codificó mi percepción.
La memoria y el espacio están ligados, lo que probablemente explique la razón de que la gente haya construido, históricamente, “palacios de memoria” en su mente como una manera de guardar vastos archivos de información.
Ahora, si comparo ese fin de semana en el río a un período semanal arbitrario del año pasado, cuando estaba en casa, la semana es apenas un fragmento de memoria. Ocupa menos espacio en mi cabeza que un único día de mis vacaciones.
En este sentido, la pandemia fue un agujero negro. Sin ninguna variación en nuestros alrededores, el tiempo flotaba, desligado de la novedad. Tuve muchos días buenos durante el covid, pero la corriente de tareas caseras aburridas pasaba delante mío, y apenas me acuerdo de un momento único. Durante el resto de mi vida, sentiré la riqueza temporal de ese fin de semana, y grandes tramos de tiempo durante el covid nunca más serán accesibles.
Durante los últimos seis años, mi mujer y yo hemos vivido de forma nomádica, de casa en casa, de Airbnb a residencia a vacaciones a viaje de trabajo. Nos hemos quedado en una jungla, en un desierto, en una playa, en varias islas, en el río, en el campo y en muchas ciudades y estados, cada uno con climas radicalmente distintos.
No planeamos esta vida específicamente, pero el nomadismo parecía ser la forma de existir más fácil durante un cierto período de tiempo, en el que ningún sitio pedía nuestra presencia permanente. En general, no pasamos más de cinco meses en un sitio, y muchos de nuestros viajes fueron estancias de seis a dos semanas. Por supuesto, esta forma de vida tiene sus limitaciones, pero la certeza de que este estilo de vida terminaría eventualmente me ha hecho disfrutarla más.
Para mí, la experiencia ha sido una lección en retener recuerdos. En movimiento, podía tratar el tiempo como material creativo, utilizando la duración como un material que podía ser esculpido en el espacio. Con cada lugar distinto, acumulaba un grueso archivo de impresiones, pero cuando pasábamos mucho tiempo en un sitio, notaba un límite intrínseco en el número de impresiones que podía mantener en mente de esa ubicación.
Quizás la mente humana esté diseñada para experimentar el tiempo a través de una vida nomádica. A lo mejor la mente vacila ante la repetición exagerada de un único sitio. Los humanos vivieron durante 200.000 años en un estado nomádico o semi-nomádico, moviéndose con las estaciones según lo necesitaran, pero sólo hemos vivido 6.000 años como una especie doméstica, ligados a una ubicación, cultivando nuestra comida en vez de encontrarla, permaneciendo quietos en viviendas permanentes.
Incluso para mí, un humano moderno, se sentía natural vivir en movimiento. A veces, me imaginaba un futuro post-Airbnb en el que las casas se intercambiasen libremente, un renacimiento contemporáneo de un estilo de vida nomádico, en el que todo el mundo es fluído con su ubicación.
De momento, sin embargo, vivimos en un momento en el que la domesticidad es la norma, e ir de sitio a sitio se considera dudoso e inestable. Cuando le he dicho a la gente cómo vivía durante este período itinerante, la mayoría estrechaba los ojos y se rascaba la cabeza. Pero de vez en cuando, notaba que los ojos de alguien se encendían, como si reconocieran la profunda necesidad de reubicación en sus entrañas.
Entiendo por qué a la gente no le entusiasma vivir de este modo. La civilización, como se concibió originalmente, no está diseñada para usarse de esa manera, y puede causar inconvenientes que te desgastan con el tiempo, incluso con el gran adviento del internet.
Consecuentemente, mi mujer y yo hemos decidido terminar nuestra vida nomádica y empezar una más estacionaria. Continuaremos viajando, pero ahora tendremos un hogar estable, un sitio donde recibir correo, acumular objetos, y disfrutar de los placeres de la propiedad. Nuestra ubicación futura será una conocida, en la que podemos confiar, durante al menos unos años. El tiempo empezará a pasar inadvertido y yo encontraré otras formas de extender su duración.
Encuentro cierto placer en saber que los inmortales taoístas vivían así también. En su existencia terrestre, antes de la iluminación, vivían en cuevas montañosas, lejos de las ciudades, y utilizaban la calma para curvar el tiempo. Durante décadas, meditaban sin ninguna estimulación que les distrajese. Ocasionalmente, los pueblerinos locales trepaban por la ladera rocosa y llevaban a los ermitaños comida y ropa, porque entendían el trabajo esencial que ocurría en estas cuevas. Pasando sus días inmersos en el flujo del tiempo civil, la puerta de la inmortalidad se mantenía abierta, encima suya, para cualquiera que necesitara pasar por ella.