David Reed
November 19, 2011 – January 29, 2012
La Galería Marta Cervera tiene el honor de presentar la primera exposición individual de David Reed en España.
Aunque las pinturas abstractas de David Reed denotan de forma clara algunas fuentes, desde el pop de Andy Warhol o Roy Lichestein a los informalistaabstractos, como B. Newman o W. De Kooning, así como Richter u otros artistas que incorporan la fotografía.
La realidad es que en sus obras pictóricas, la figura de la imagen fotográfica, se intuye pero no se encuentra, salvo por la sensación de imagen en movimiento y de luz y formato, que recuerda al cine. Tampoco existe el trazo tradicional del pincel dirigido por la mano en contacto con el lienzo, sino que nos encontramos con una pintura de factura casi industrial, que aporta cierta frialdad racional, en ausencia del pathos melancólico que de alguna forma se asocia con la pintura al óleo.
Por otro lado, el color, de gran calidad y originalidad, apenas recurre a las versiones clásicas. La acusada presencia de tonos fuertes post-industriales, casi fosforescentes, y de las mezclas y colores más populares en la industria de los años cincuenta, como el verde y el rosa chicle, viene a reforzar ese carácter industrial e impersonal que, paradójicamente, distingue e individualiza su obra.
Por último, el gesto: podríamos encontrarlo en esa insistente espiral o carrete, pero no acaba de ser realmente gestual, es como si no se hiciera con la mano, niega el verdadero gesto o cualquier impulso que no estuviera previamente calculado y puesto con precisión, lo que le convierte en una mera herramienta que crea movimiento, distintos planos y contrates de luz. Una vez más vemos que Reed se aleja sútil y deliberadamente del sentimiento expresionista.
A todo ello hay que añadir el empleo de la repetición, la utilización frecuente de los mismos cánones y estructuras que recuerdan el juego de las variaciones, pero que tampoco llegan a serlo.
En el aspecto conceptual, su actitud tiende a ser más implícita que explícita, aunque sin duda tan relevante como su forma.
Es indudable que David Reed utiliza un lenguaje pictórico que tiene muy interiorizado, reinterpretándolo, que incorpora resultando en un producto frío y semi-industrial. Pero esto es precisamente lo que más le vincula a sus contemporaneos: Jonathan Lasker, Peter Halley, Ed Ruscha, Sherry Levine, Charles Ray entre otros. O artistas posteriores como Jorge Pardo o Amseln Reyle.
A los pocos instantes de entablarse el diálogo entre la obra y el espectador, aparecen sombras y luces, distintas ventanas que reorgazanizan el color y el espacio, apareciendo connotaciones a la vez contemporaneas y atemporales, conceptos que nos alejan de la percepción tradicional de la pintura.
Las obras de Reed vibran con la arquitectura e incorporan recursos tecnológicos como pantallas, publicidad, cine o diseño industrial, ese mundo reproducible que a fuerza de sustituirlo nos resulta ya, a menudo, más familiar que el original.
La repetición de ciertos cánones acaba siendo tan real como las variaciones de un mismo concepto, una imagen de la misma obraconvirtiéndose en algo tan real y fecundo como las variaciones de un mismo concepto, de una imagen, de la misma obra o de la luz del día a distintas horas proyectada sobre un objeto, en este caso una obra que apela a nuestra percepción y al movimiento. Mediante una sabia orquestación de las repeticiones, David Reed rompe la maldición de la monotonía y la transforma en una nueva, rica e inagotable fuente.