Danzas cósmicas
Leonor Serrano Rivas
February 17 – April 30, 2022
Escritas en dos tiempos — Teresa Lanceta, Mutxamel
2019. Arabesque está en proceso de gestación. A pesar de la tensión de la urdimbre sujeta a la madera, los hilos se mueven mientras el tiempo transita hacia un pasado y un futuro siempre presentes. Así Arabesque de Leonor Serrano Rivas, un palimpsesto que, aunque sus orígenes son lejanos, se fragua en la Alhambra cuando en cierta ocasión fue escenario de los Ballets Russes de Sergei Diaghilev. Leonor recoge el momento en que los movimientos de los bailarines dibujan esas figuras mágicas que en el ballet no eran muy distintas los ornamentos islámicos que les rodeaban. En el viaje hasta la creación de su propia escena, esta artista busca plasmar el momento extraordinario en el que los bailarines crean esas líneas dinámicas —entendidas y vividas como fuerza, conocimiento y belleza— y las lleva a Tánger donde artesanos tejedores le ayudan a construir —gracias a un oficio que ha recorrido siglos y culturas—, una urdimbre en la que fija dibujos ornamentales. La urdimbre, que sustenta el cuerpo de este trabajo, son hilos longitudinales tensados en el telar que quedan habitualmente ocultos por los hilos perpendiculares de la trama. El cruce de la urdimbre y la trama siguiendo un código forma el tejido y crea los dibujos. En el caso que nos ocupa, por el contrario, los hilos de la urdimbre asumirán por completo el protagonismo desapareciendo la trama por lo que es en ellos don de van a ser dibujados los arabescos. El siguiente movimiento la lleva a la Real Fábrica de Tapices donde expertos artesanos tejen valiosas alfombras. Allí construirá los marcos que mantendrán esa pieza en pie siguiendo los distintos modelos de telares. Estos marcos hacen posible que los hilos se entremezclen al menor movimiento sin perder la estructura lo que en Arabesque hará palpitar ante nuestros ojos los arabescos dibujados. Como una tela que se adapta a una carcasa, a un cuerpo de madera, Arabesque es una figura que consta de líneas y formas presas en un sinfín de hilos de lana serigrafiada: barras, óvalos y tambores que la urdimbre del telar mantiene tensionados. Así como en la quietud del cuerpo de una bailarina subyace un incesante movimiento, así en el cuerpo escultórico de la pieza de Serrano la quietud del telar va a mantener y a alterar continuamente la estricta ordenación de los ornamentos plasmados bien por lo sutiles movimientos que pueden originarse a su alrededor o bien por la naturaleza de nuestra mirada siempre en movimiento, incapaz de quedarse fija por mucho tiempo. Suspendida en el aire, la pieza construida por Leonor Serrano Rivas va a vibrar como el equilibrio sereno de ese conocido paso de baile, arabesque que da título a su obra y que convierte al bailarín en pájaro.
2020. Leonor ha finalizado el proyecto. Arabesque ya ha recorrido el camino propuesto, es más, ha logrado satisfacer las promesas más interesantes e inteligentes hechas en sus inicios. Serrano, que ideó el proceso y las circunstancias que lo han hecho posible, investigó exhaustivamente la Alhambra y los Ballets Rusos, centrando su estudio en los ornamentos, bailes e ilustraciones e indagando una y otra vez la manera de hacer mover lo inerte, volar lo que no tiene alas y hacer bailar su escultura. Ahora se puede ver construido, con la humilde grandeza que tiene la buena artesanía se ha convertido en algo sencillo y muy complejo a la vez. De factura colectiva, Arabesque extrae su valor de múltiples manos y saberes variados, los necesarios para llegar a cuajar la idea: hilanderos, tejedores, algunos muy diestros en la ejecución de telas y tapices, carpinteros y restauradores de telares y herramientas para tejer, todos ellos experimentados conocedores de procesos que se repiten sin apenas variaciones desde la antigüedad, tan entendidos y diestros como para poder reconducir esos conocimientos hacia la transformación necesaria exigida, porque la pieza ha requerido de discernimiento y cooperación para hacer posible la variación y los cambios. En Tánger, Serrano se concentra en el zoco de la lana y de los tejedores, donde, gracias a subvertir el uso tradicional de la urdimbre que es una parte interna y oculta de la estructura de los tejidos, consigue que esos hilos de la urdimbre cobren vida propia y salgan a la superficie haciendo las veces de un lienzo donde estampar (serigrafía) dibujos ornamentales. Esa mismaurdimbre‐lienzo se convirtió en la Real Fábrica de Tapices de Madrid en la piel y el cuerpo de una escultura abierta y suspendida en el aire. Con el saber de expertos tejedores y constructores de telares consiguió darle la forma y los volúmenes deseados que desvelan el conocimiento arquitectónico de Leonor, también arquitecta, evocando posibles propuestas de algunos de los más emblemáticos edificios actuales, un puente que ambas orillas, la arquitectura contemporánea y el arte, desean y comparten. En el sustrato de esta aparentemente inestable escultura encontramos un arte que imagina un mundo nuevo que desvela el soterrado sueño de todo ser vivo: bailar. Leonor Serrano Rivas ha recorrido un camino que no solo rememora el sueño de los oficios de la Bauhaus o de la vanguardia rusa, el hacer de la artesanía y la obra útil y bien hecha, ella es una artista joven que quiere mover el arte de su tiempo no solo responderle; quiere revelar, no solo reconocer, quiere bailar.
Cantadas por dos cuerpos — Laura Vallés Vílchez, Londres
2016. Sin duda, Teresa, el cuerpo danzante opera como vehículo generador de constelaciones de símbolos. Símbolos que articulan un imaginario fragmentado que se sostiene gracias a un cuerpo que es un archivo de la memoria, pero también del olvido. Aby Warburg lo sabía bien: sabía que las imágenes sobreviven y atraviesan el tiempo como fantasmas de la historia. Su Atlas Memosyne, realizado en los últimos años de vida, fue una estrategia de saberes, pero también de supervivencia. La salud mental, su esquizofrenia, estimuló una labor que pone en evidencia la borrosa frontera que delimita la razón y que, asimismo, posibilita la creación de una constelación de imágenes cuyo sentido se adquiere en función de su relación. En 2016 se conmemoró su 150 nacimiento y, aquí donde yo resido, tuvo lugar un gran encuentro que nos hizo vibrar con Gizburg, Mitchell o Didi-Huberman, entre otras figuras que recordaron la necesidad de ensanchar los límites de la estética. Pero nosotras sabemos que nos hace falta la belleza y que ésta no está reñida con la antropología, la astrología o la psiquiatría como la que se desprende al ver el segundo panel del Atlas warburiano al que Leonor vuelve en esta ocasión como inspiración. En éste se ve a un grupo de seis figuras humanoides y criaturas animales mitológicos, que parecen danzar al unísono movidas por un viento misterioso. Las curvaturas de sus cuerpos modulados, no obstante, contrastan con el rectángulo de la lámina, del panel, de la sala de exposiciones en el que tratamos de discernir el ritmo al que estas figuras danzan, ¿qué melodía cantan? Como las banderas que estas palabras que escribimos a cuatro manos dibujan en este papel blanco, ‘banderas ’movidas por un viento sigiloso que genera un coro a tres voces. Hace unos meses Teresa decía: ‘añoro tener una voz capaz de cantar. Escribir es lo más cercano a ese deseo contrariado’. Pero, ¿se puede cantar con el cuerpo?, también se pregunta Alicia Navarro. Danzas cósmicas de Leonor nos invita a ese ejercicio en el que los lenguajes y los cuerpos se funden para establecer nuevas significaciones. La exposición empieza con el ‘gesto perdido ’del que escribe Navarro cuando, en un ensayo reciente, relata cómo los movimientos esotéricos y espiritualidades alternativas del siglo XIX se erigen como posibilidades escénicas evocando, por primera vez, aquello que decía Agamben, ‘aquello que se les escapaba’. Gestos que revelan un deseo de asir lo que no alcanza la razón, a lo que aspira toda religión. Unos saberes ocultos que esconden la posibilidad de articular otras maneras de entender el mundo. Un espacio ‘superior ’en el que hombres y animales conviven en armonía y en el que los lenguajes —más allá de las palabras, la música, la danza— no se pueden diferenciar. ¿Y si el lenguaje de la bailarina es un ‘arabesco vivo ’ que decía Lorca? Como explicas, Teresa, la obra de Leonor da cuenta de aquello que no esperabas.
2022. Así, esta exposición muestra dos grandes presencias enfrentadas que nos sitúan, a nosotras, visitantes, en una triangulación con las obras de arte. Por un lado, encontramos cuatro telares suspendidos de lana de cabra estampada, entre otros materiales, cuyo punto de partida reside en ese Arabesque repleto de hilos serigrafiados tensionados por la urdimbre del telar. Por el otro, la exposición presenta unas grandes planchas batientes de hierro que hacen las veces de abanico al pasar. Una suerte de varillas formalmente semicirculares que, a su vez, sostienen, justo en su centro, un microcosmos que recuerda a una gran nebulosa. En astrofísica a menudo se dice que somos polvo de estrellas y es precisamente esa suerte de viento estelar el que aparece recogido en un juego de escala y de pesos que, si nos detenemos un instante, no parece encajar. La lógica de un viento generado por un abanico de hierro que esconde un cristal pintado con metales y nitratos enfrentados que, asimismo, arman un poliedro facetado, haciendo las veces de galaxia de mundos posibles. Se trata de un poliedro en el que sopla un viento cósmico que parece querer atravesarlo todo: terreno, hombre, animal y universo. Suspendido por dos finos hilos, esta serie de cristales-mundo nos recuerda la fragilidad con la que se sostiene un cosmos. Un cosmos que pende de un hilo, un mundo hecho de polvo. Este danzar misterioso que nos invita a experimentar Leonor Serrano Rivas introduce diferentes registros que van desde lo artesanal a lo tecnológico e implica un sigiloso salto de escalas de lo micro a lo macro. Y, este, pone de manifiesto aquello que define la serendipia, y es que en la construcción del saber descansa el accidente, la casualidad más allá del descubrimiento o de la búsqueda consciente. Como la misma imprevista fortuna que nos ha traído hasta aquí: hasta este documento escrito en dos tiempos cuyas palabras se dejan llevar, palabras cantadas por nuestros dos cuerpos.